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lunes, 30 de julio de 2012

Las cinco mentes del futuro

Comparto la descripción que Howard Gardner (Psicólogo Cognitivo de Harvard y Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2011) realiza sobre nuestro mundo global. Resumiría la misma con la palabra movimiento 

El movimiento de capitales que nos hace girar en nuestra concepción sobre la economía y su problemática. El problema no es si hay dinero sino dónde está. La actividad económica se asemeja a un electrón con su capacidad de estar y no estar al mismo tiempo.

El movimiento de las personas que nos hace cambiar nuestros hábitos sedentarios para volver a una época de nómadas que suponíamos superada.

El movimiento de la información que, en su abundancia y rapidez al golpe de un click, nos arroja a la necesidad de tener que renovar nuestra formación a diario. Lo nuevo es viejo en cinco minutos. 

El movimiento de la cultura que homogeniza a un adulto con un adolescente o a un asiático con un norteamericano conjugando todo esto con la aparente contradicción de defender, a ultranza, la identidad de la patria chica. Todos vemos la misma película pero la plaza de mi pueblo es única y la mejor.

Este es el mundo que tenemos y el que nos espera acrecentándose la aceleración de los mencionados movimientos. Y, nuevamente, con Gardner conviene señalar en este punto la contradicción de nuestro sistema educativo: La educación formal, tal como hoy la conocemos, aún sigue preparando a los estudiantes para el mundo del pasado y no para los mundos posibles del futuro (Gardner, Cfr. Las cinco mentes del futuro, Paidos)

La propuesta de estas cinco mentes –mente disciplinada, mente sintética, mente creativa, mente respetuosa y mente ética- que se deben desarrollar en todo proceso educativo y de aprendizaje suponen una revolución necesaria si no queremos seguir formando generaciones que no comprenderán el mundo que nos envuelve y que no sabrán que hacer con él.


Quien no domine varias disciplinas irá al paro o se le asignarán tareas que nadie quiere (mente disciplinada) 

Quien no posea capacidad de síntesis no sabrá que hacer con las montañas de información que, a diario, nos ofrecen las Nuevas Tecnologías. Si no sabes que hacer, otros decidirán por ti.

Quien no posea capacidad creativa, será sustituido por una máquina. Es más barata y no se queja.

Quien no sea respetuoso, contamina el ambiente de trabajo y todos lo evitarán. Vamos hacia el trabajo cooperativo a marchas forzadas. El individualista molesto se quedará en casa cobrando el paro hasta que se le acabe.

Quien no posea una propuesta ética será mirado como extraño en un mundo que va a necesitar como el comer o el beber fiarse de quienes nos rodeen.

En próximos Posts, desarrollaré, en lo posible, una crítica a estas cinco mentes propuestas por nuestro psicólogo cognitivo.

viernes, 27 de julio de 2012

Y, sin embargo, contento


Javier Arcas es un gran profesor. Esta afirmación no pretende el halago fácil pues no persigue intencionalidad alguna. El halago sin intención es reflejo de una realidad. Creo que su acierto como docente radica en la motivación con buen humor. Aún recuerdo como escuchaba, desde mi despacho, sus explicaciones con un tono de voz fuerte y el silencio de una clase atenta que era interrumpido por las risas de los alumnos.

Su salto a la literatura me ha alegrado enormemente y su éxito creo que es merecido. La forma de hacerlo también me ha resultado interesante. Publicar una novela online para que todo el que quiera pueda descargársela –gratis y de manera legal- y disfrutar de su lectura es un acierto que corre con los tiempos virtuales. Quizás éste sea el camino para erradicar las descargas ilegales.  

Pero sobre esta cuestión hablaré en un próximo Post. Quisiera centrarme en su Y, sin embargo, contento.



A simple vista puede parecer una novela de temática adolescente sin más. Sin embargo, -sí, ese sin embargo que utiliza Javier en su título y que no es mas que la afirmación de una contradicción al estilo adolescente- creo que se acerca a la interioridad del mundo de los chavales con notable acierto. Para escribir, hay que escribir bien –evidente- pero también conocer el universo vital sobre lo que se está escribiendo. Mucha literatura juvenil parece estar escrita por autores que no conocen esta realidad.

Segundo acierto. La novela es divertida usando la provocación –que no la desfachatez- con adecuadas dosis. En cierta manera, leerle ha sido como escucharle hablar. El ingenio que provoca no tiene por que ser maleducado. Reírse leyendo o escuchando una clase implica, además, aprender.

Tercer acierto. Es una novela que interesará a los padres porque los alumnos se reconocen en ella al leerla. Los adultos siempre cometemos el mismo error. Queremos acercarnos a los hijos adolescentes con la pregunta directa sobre sus vidas. Craso error porque el adolescente verá esa actitud como una intromisión en su intimidad. ¿Conocemos cómo son los adolescentes? Sólo así nos podremos acercar a ellos para saber lo que les pasa. Padres, leed esta novela.

Miles de descargas en poco tiempo, invitan a hacer lo mismo. Una buena lectura para el verano. Dejo el link:





miércoles, 25 de julio de 2012

Dar clase con la boca cerrada


La experiencia familiar –y docente, por otra parte- muestra y demuestra que narrar no es un método adecuado para estimular la comprensión de los hijos o de los alumnos. Como bien indica Don Finkel en su obra Dar clase con la boca cerrada, por mucho que digamos a un niño que debe dejar la ropa sucia en el cesto, nunca aprenderá que esa acción debe realizarse. Por eso, son innumerables las veces que le insistimos en lo mismo. Resultado final: ropa en cualquier sitio tirada y la paciencia de los padres derrumbada.

Decirle que eche la ropa en el cesto  no significa que le hayamos proporcionado las condiciones para que pueda hacerlo. Narrar es sencillamente ineficaz para enseñar las cosas que nos parecen más importantes.

Esta realidad es analizada de manera brillante por Don Finkel en este libro que ofrece alternativas valiosas de cara a repensar y cambiar un modelo de enseñanza –la clase magistral- que hace aguas por todos los sitios. Los estudiantes no atienden gran parte de la exposición de un profesor en una clase. ¿Por qué? Porque no pueden. Una concentración superior a veinte minutos les supera. 

Lo mismo pasa con la educación de los hijos. Decirles lo que tienen que hacer no es suficiente. ¿Qué hacer entonces? La lectura de este Dar clase con la boca cerrada es muy recomendable para poder responder a tan importante interrogante. No obstante, intentaré ofrecer un pequeño esbozo de alguna de las recomendaciones señaladas por Finkel.

La cuestión clave es provocar experiencias de aprendizaje en los niños. Esta experiencia implica que el niño sea elemento activo en el proceso. Si el niño se limita a escuchar, se aburrirá y no habrá aprendizaje posible. La escucha siempre es pasiva. Si te pones con tu hijo a encestar la ropa en el cesto y le das puntos por cada enceste conseguirás una experiencia de aprendizaje y más éxito educativo que cien charlas de cómo hacerlo.


El ejemplo es forzado pero útil. No se trata de que desaparezca el profesor, menudo error. Se trata de cambiar de arriba abajo el modelo de enseñanza. No me resisto aquí a apuntar lo siguiente. El uso de las Nuevas Tecnologías en el aula está resultando un fracaso por que la clase magistral está siendo sustituida por la clase digital y el aburrimiento, a la larga, es el mismo.

Volvamos a Finkel. En el capítulo tres, Dejar que hablen los estudiantes, se propone un sistema de aprendizaje basado en la comprensión que los alumnos deben realizar de una lectura mediante la discusión de la misma entre ellos. ¿El éxito de este método? Que los alumnos hacen su aprendizaje. El profesor es un farol que alumbra los caminos.  

Una pequeña crítica a los presupuestos de Finkel. Demasiado escorado hacia las tesis de Rousseau sobre el aprendizaje. El proceso educativo debe estar rodeado de otros paradigmas valorativos que aquieten la desazón propia de la adolescencia.

domingo, 8 de julio de 2012

Rajoy, la crisis, el telar de Penélope y el Códice


La historia de Penélope, esposa de Ulises es conocida por todos. Presionada por los pretendientes al trono de Ítaca, inventa una estratagema para eludir las continuas presiones de los mismos para que tome esposo y olvide a Ulises.

Penélope da su palabra de que aceptará nuevo marido cuando termine de tejer el sudario para el antiguo rey Laertes. Lo que Penélope teje durante el día, lo desteje por la noche. De esta manera, Penélope aguanta 20 años.

Lo del telar es necesario. De lo contrario se vería expuesta no solo a las presiones de los pretendientes sino a sus preguntas. Penélope sabe que no hay respuesta posible satisfactoria. Por eso, se limitará a enseñar el telar aún sin terminar. Penélope es consciente de que lo mejor es callar y dejar que hable su telar por ella.

Callar, muchas veces es actuar y la respuesta más sensata cuando los adversarios son poderosos y ninguna palabra como respuesta, por tanto, será acertada. Creo, que esto es lo que está ocurriendo hoy en día en la crisis de nuestro país, España.

Rajoy es la nueva Penélope que se enfrenta a unos pretendientes –el mercado- que quieren quedarse con el reino. Son tan poderosos que usarán cualquier declaración del Presidente para, tergiversándola o no, quedarse con el botín.  Por eso, el presidente calla. Acusarle de no dar la cara es no conocer a los clásicos. Hay que aprender de ellos.

Hasta aquí, la historia es comprensible. Pero hay un pero que objetar. Penélope calla pero usa su telar para  decirles a sus ciudadanos que estén tranquilos. Que ella cuida del trono.


Creo que la cuestión no es que Rajoy hable y hable sin parar. ¿Para qué? Ya sabemos cómo estamos. Pero debería invertir tiempo –quién asesora al Presidente- para encontrar telares que nos hagan saber que alguien cuida por nuestros intereses. Lo del Códice ha sido un intento infructuoso de esta estrategia.

sábado, 7 de julio de 2012

Una historia del Bronx o el padre que sabe esperar


No hace falta valor para apretar un gatillo, pero si para madrugar cada día y vivir de tu trabajo.

Robert De Niro se estrena como director con esta historia del Bronx en el año 1993 usando como molde el guión de su amigo –y coprotagonista de la película- Chazz Palminteri.

Calogero, un pequeño de nueve años, vive en el Bronx, es decir, la mayor parte del tiempo lo pasa en la calle observando como los mafiosos resuelven sus cuentas y amplían sus negocios. Estamos en los años sesenta.

SonnyChazz Palminteri- es el capo de la zona. Calogero lo observa continuamente. Aprende sus ademanes, su manera de andar, su peculiar manera de señalar con el dedo. Calogero es un niño. Sonny es el que manda y al que todos respetan. Es normal que el pequeño sienta atracción hacia esa figura.

Ocurre lo inevitable. Sonny mata a alguien –al final se sabrá por qué- en plena calle. Calogero lo presencia. Sonny huye de la escena. La policía descubre que el niño lo ha visto todo. Le obligan a asistir a una rueda de reconocimiento para que señale a Sonny como culpable.

Calogero, que es un niño pero no tiene un pelo de tonto, dice a la policía que ninguno de los que está allí ha cometido el asesinato. La ley del silencio es algo que se aprende sin necesidad de que nadie te lo explique. El chivato siempre malogra su vida en este tipo de ambientes.

Tras estos hechos, giran las tornas. Sonny siente interés por apadrinar a ese niño que ha sabido cubrirle las espaldas. Aquí empieza la trama de la película. Calogero crecerá entre dos presencias adultas constantes. El mafioso –es mafioso pero quiere bien al niño- y su padre, un honrado conductor de autobús que ve con enorme preocupación las extrañas relaciones de su hijo con los mafiosos.

Aquí empieza la trama y el tema esencial de Una historia del Bronx: el papel de un padre en la educación de su hijo. La situación límite –un hijo captado por un gangster- ofrece pistas más que sugerentes para el quehacer diario de padres y educadores. Sólo dos apuntes para no alargar el post.


Cuando seas mayor lo entenderás
 
 
Frase que el padre repite machaconamente a su hijo. Es cierto que a los hijos hay que explicarles las cosas pero eso no implica que sólo deban hacerlas si las comprenden. Cuanto daño está haciendo en la educación el pretendido diálogo con los hijos –si son pequeños- y el consenso para conseguir actitudes positivas en su comportamiento.

A los hijos hay que decirles lo que tiene que hacer y si no lo entienden, ya lo entenderán. No pasa nada y nadie se coge una depresión por eso. Si no decimos a los hijos lo que tiene que hacer, otros lo harán por nosotros y, entonces, vendrán los lamentos.

Hasta los doce años, un niño acepta que se le diga lo que tiene que hacer. A partir de esa edad, lo interesante es que quiera contarte lo que hace.

Di a tu hijo lo que tiene que hacer. Una familia no es un convenio colectivo que haya que pactar, dialogar y consensuar.

Mi padre no es como los demás
 
 
La escena final de la película es definitiva. No la contaré por si alguien tiene curiosidad por visionarla por primera vez. Sólo apunto la frase del un ya crecido Calogero. Mi padre no es como los demás.

El padre de Calogero –Lorenzo- lo tiene claro. Es padre y no colega o amigo de su hijo. Ejerce como padre y sabe que tiene a su favor un tesoro que un padre nunca debería olvidar (Esto se nos olvida porque vivimos en la prisa continua y queremos resultados inmediatos y problemas mínimos) El tiempo siempre juega a favor de un padre que ejerce como tal. Un hijo, tarde mucho o poco, regresa siempre a sus orígenes, a su casa, a sus apellidos.

¿Cómo se consigue esto? La clave: saber esperar y saber estar. Es lo que hace Lorenzo. No atosiga a su hijo ya crecido. Sólo sabe estar disponible porque, inevitablemente, su hijo acudirá a él tarde o temprano si, y sólo sí, si se ha sabido estar disponible todos los días en cualquier cuestión cotidiana que ocurra (Un ejemplo para no perdernos: Lorenzo enseña a su hijo afeitarse)

 Lorenzo no evita que su hijo se estrelle. Cuanto daño hacen los padres omnipresentes y omniprotectores- Sabe estar cerca para recoger los trozos rotos junto con su hijo.

El gratis total de las nuevas generaciones


Sin hacer caricatura ni demagogia. Esto es a lo que está acostumbrado un joven o adolescente en nuestra cultura española occidental. Quiero escuchar música, me la descargo y gratis. Quiero ver una película, la veo online y gratis. Quiero tener ciertos estudios, busco la beca correspondiente y gratis. Quiero viajar, carné de estudiante y más barato. Y, así, un largo etcétera de ejemplos que se podrían brindar.

Obviamente, los ejemplos esgrimidos no son equiparables. Tener una beca o descuentos por ser estudiantes honra a una sociedad si los destinatarios de esas ayudas se lo merecen. Cosa distinta es disfrutar de la creación estética sin tener en cuenta lo que es un derecho de autor. Pero no es por aquí por donde quieren ir mis reflexiones.

Por un motivo o por otro, los jóvenes se han ido acostumbrando –no los considero culpables de esta situación- al gratis total por que sí. No es de extrañar, por tanto, que los jóvenes sientan un desapego continuo y en crescendo sobre las cuestiones políticas en la actualidad.

Si lo que tengo me lo dan gratis, dejo de tener interés por quien me lo ofrece. Si lo que tengo gratis, empiezan a quitármelo, mi desinterés se torna, además, reivindicativo. El joven que se muestra pasota con respecto a las cuestiones políticas es el mismo que se indigna cuando esas mismas cuestiones políticas le hacen perder su estatus de comodidad.  

Nuevamente, no culpo a los jóvenes de estas reacciones pendulares. Entre otras cuestiones porque las crisis suelen cebarse en los sectores más vulnerables: los jóvenes y los ancianos.

La cuestión, en definitiva, merece una reflexión por elevación. Aprovechemos la crisis, cuando salgamos de ella, para reorientar esta mentalidad del gratis total que lo único que consigue es fabricar generaciones sin ningún afán de superación y de emprendimiento.

Pagar por la música que escuchas o el cine que ves o el libro que lees nunca será comprensible para un joven que, desde que tiene uso de razón, sabe que todo se lo han dado hecho. Una persona siente la necesidad de superarse cuando experimenta las dificultades.

jueves, 5 de julio de 2012

Una mente maravillosa: El cine como lenguaje


En pocas películas, una cámara se ha hecho la misma cosa que un actor o un actor se ha hecho la misma cosa que una cámara. Aunque pueda ser opinable, éste creo que es el gran mérito técnico de Una mente maravillosa, película norteamericana dirigida por Ron Howard en el 2001.

La interpretación magistral de Russell Crowe (John Nash), nos adentra, sin solución de continuidad, en el mundo de incomprensión de la enfermedad mental. Cada gesto, cada movimiento corporal, cada mirada perdida y extraviada, nos lleva de la mano hacia los misterios de la esquizofrenia, enfermedad que genera el deterioro personal de este genio matemático y la zozobra emocional del espectador.

Esta zozobra es el segundo mérito cinematográfico de Ron Howard. El espectador se sumerge en la película sin saber muy bien de qué va esta historia. Siente inquietud ante las extravagancias del protagonista y sospecha que algo no funciona en esa cabeza privilegiada.

O que, quizás, el director nos está contando una historia superpuesta que aún no ha sido descubierta. La excelente banda sonora de James Horner que envuelve la trama y sugestiona al espectador hace el resto.

En cuanto la temática de la película tengo mis dudas sobre lo que realmente quiso contarnos Ron Howard sobre esta historia –no del todo real en la película- del premio Nobel de Matemáticas. Adentrarnos en el mundo de la enfermedad mental o mostrarnos que sólo en las ecuaciones del amor está la lógica de cualquier vida humana.

Ciertamente, el final de la película apuesta por esta segunda opción; sin duda, además, porque un final como el propuesto garantiza un éxito absoluto de taquilla. Apuesto por la síntesis de ambas posibilidades.

Una mente maravillosa nos desvela los misterios de la enfermedad mental; nos la hace patente para que, desde el miedo, seamos capaces de perder el miedo hacia esas personas. Gran mérito que dignifica al cine.

Por otra parte, sólo desde la entrega incondicional de alguien –eso es el amor- podrán encontrar estas personas –todos, en definitiva, aunque no estemos enfermos- la solución para sus vidas. La ciencia quizás cure pero no salva. Esto nos muestra la última escena dela película

Escena final de Una mente maravillosa

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Qué es la lógica, quién decide la razón. He buscado a traves de lo físico, de lo metafisico, de lo delirante y vuelta a empezar y he hecho el descubrimento más importante de mi carrera, el más importante de mi vida. Sólo en las misteriosas ecuaciones del amor puede encontrarse alguna lógica.

martes, 3 de julio de 2012

La Universidad, ¿derecho o privilegio?


Ayer escuché –en podcast- Los valores de la Universidad en Debates en Libertad, programa radiofónico de esRadio. La propuesta no defraudó gracias, supongo, a la participación de expertos como Mónica Mullor, Tiscar Lara y Julián Montaño.

Temas como la meritocracia, los tópicos referentes a la universidad privada en España, la figura de los profesores universitarios y de los alumnos, competitividad entre universidades, etc., se desgranan en un interesante debate de más de una hora y veinte minutos de duración.

Un asunto, no obstante, me llamó poderosamente la atención. El moderador del programa lanza la siguiente pregunta: La Universidad ¿es un derecho o un privilegio?

La respuesta de los invitados (resumida y no textual) fue la siguiente:

-Mónica Mullor, Especialista e Investigadora en Inmigración y Cooperación al Desarrollo de la Universidad Rey Juan Carlos)

             No es un derecho. Debe ser un privilegio porque lo público es caro. Los universitarios terminan con malos títulos, no competitivos. Con este asunto de otro paga, los estudiantes aceptan lo que se les da y no hay presión para tener universidades mejores.

 -Julián Montaño, Profesor y Director de Admisiones del IE)

             Frente a derecho versus privilegio es más acertado manejar el concepto de capacidades. La cuestión es determinar qué capacidades debe tener alguien para ser considerado universitario. Capacidades para el trabajo intelectual, el esfuerzo responsable, capacidad de memoria y de imaginación.

-Tiscar Lara, (Directora del proyecto Mobile Learning de Educación Expandida en la EOI)

            Debe ser un derecho entendido éste como una oportunidad accesible que se concrete en una oferta pública.


Las tres aportaciones me parecen interesantes y mucho más viniendo de la calidad de estos expertos educativos.  Sin embargo, quisiera hacer unas matizaciones.

-La Universidad, pienso que no debe ser un privilegio. En todo caso, habría que definir antes a qué nos estamos refiriendo con eso de que sea un privilegio. Ciertamente, lo público es caro pero más cara es una universidad privada para un alumno que no cuente con el privilegio de una solvente cuenta económica.

El liberalismo a ultranza necesita contrapesos. Al que no pueda pagar, si reúne las condiciones intelectuales universitarias necesarias, se le debe ayudar.

-La Universidad, no creo que deba ser un derecho. El derecho es a la educación y no a un cierto tramo de ella. Este matiz es importante. Y, nuevamente, en todo caso sería necesario concretar en qué consiste este derecho. Si es un derecho, la Universidad debe estar abierta a todos sin ningún tipo de selección pues eso sería una discriminación. El resultado de esta dinámica ya sabemos cuál es. Si la universidad es para todos, bajemos al nivel para que quepan todos.

El socialismo a ultranza necesita contrapesos. Si el alumno universitario no llega a unos mínimos intelectuales, se le debe orientar hacia otras salidas educativas o profesionales dignas.

-Coincido con el profesor Montaño que ese debate entre derecho versus privilegio es erróneo. La cuestión es una cuestión de capacidades.

Los primeros de carrera de muchas universidades se parecen, cada vez más, a guarderías. Alumnos que no saben escribir, que no citan y que se limitan a copiar y pegar, que estudian –con suerte- poco tiempo antes de los exámenes y que desconocen el rigor de la investigación científica.

Frente a liberalismos y/o socialismos educativos, redescubramos a Aristóteles. La educación es una cuestión de capacidades y de esfuerzo.  Cualquier visión de la Universidad, o de la educación, que no parta de esta premisa está destinada al fracaso.


Audio del programa